Cumplimiento de los contratos: guía básica

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Cumplir los contratos que se firman es pieza fundamental de cualquier sociedad que se precie. Sin ese debido cumplimiento de aquello a lo que uno se compromete se estaría quebrantando la propia esencia de lo contratado, se estaría quebrantando la propia esencia de contraer y obligarse.

Ahora bien, que el cumplimiento de los contratos sea algo fundamental y elemental en cualquier sociedad que se precie no significa que aquello firmado sea algo sacrosanto, algo inamovible de por vida y que no puedan darse circunstancias que den pie a poder modificar los acuerdos. Los acuerdos, los contratos, están para cumplirlos, pero existen opciones de modificarlos.

Obviamente, de entrada, todo acuerdo debe cumplirse tal cual se haya estipulado en el contrato que se haya firmado al respecto. No cumplir con lo contraído sería como cambiar las reglas del juego a mitad de la partida y entonces no tendría sentido firmar ningún contrato. ¿Qué sentido tendría para dos partes comprometerse a algo si una de ellas de forma unilateral puede desdecirse de lo que firmó e incumplir el contrato a su antojo?

contratoDicho lo anterior, y llegado el caso de que una de las partes, o ambas partes, quieran modificar los términos del contrato o incluso revocarlo por completo, antes de su finalización natural, se abren distintos escenarios.

En primer lugar, lo más lógico, obvio y recomendable es que sea el propio contrato el que en sus cláusulas contemple por sí mismo las formas, los mecanismos, los sistemas y las condiciones en las que se podrá modificar el mismo. Así mismo, es el mismo contrato el que debería contemplar las penalizaciones y las consecuencias de los incumplimientos de contrato y de las rescisiones unilaterales del mismo. Por ello, detallar lo más definidamente posible todos los supuestos que se puedan dar en el transcurso del contrato dentro del mismo contrato es la mejor opción. Y es que tal y como dice, el dicho siempre es mejor prevenir que curar.

Resulta evidente que, por muy extenso que se redacte un contrato, el mismo no puede contemplar todas las opciones, todas las variables que en el transcurso del objeto del mismo puedan producirse. La vida misma, en muchas ocasiones, es imprevisible, el día a día se va moldeando sobre las circunstancias que van sucediendo y pueden darse circunstancias sobrevenidas que alteren la realidad a la que se afrentan las partes.

En este sentido, el contenido del contrato tiene que ser lo suficientemente hábil para incluir en su cuerpo de una forma abierta y flexible posibles supuestos, pero sin entrar a concretar en ellos (al revés de lo que se decía en el párrafo anterior) pero, en estas circunstancias, entrará en juego ante todo la voluntad de las partes, su capacidad de entendimiento y la habilidad negociadora de las mismas.

Ante una intención de modificación del contrato, sea esta la modificación que sea, pueden darse dos escenarios básicos: que sea una voluntad común y consensuada de las partes o que sea una intención unilateral de una de ellas.

Obviamente, en el primero de los supuestos, no deberá existir mayor problema. Por mucho contrato que haya de por medio, si ambas partes están decididas a modificarlo y resolverlo y están de acuerdo en los términos de tal o tales modificaciones o de su rescisión, simplemente será cuestión de firmar lo que corresponda y punto.En el segundo de los supuestos, la situación es diametralmente opuesta, y es diametralmente opuesta sobre todo y especialmente si la voluntad unilateral de modificación de los términos del contrato o de la resolución del mismo choca frontalmente con las intenciones de la otra parte o partes del contrato que se niega o niegan a que el mismo sea modificado o resuelto. Otra cosa distinta es que una parte quiera modificarlo y la otra aunque no esté a favor no se muestre beligerante al respecto, pero en el caso de mostrar beligerancia la situación es muy distinta.

Ante un caso de confrontación directa de las partes, el más elemental de los elementos de juicio nos debe llevar a determinar el principio de que los contratos se cumplen tal cual se han firmado y, en consecuencia, esa debe de ser la premisa de partida ineludible.

Ahora bien, también resulta cierto que mantener a una parte insatisfecha en el contrato en contra de su voluntad puede llegar a ser perjudicial para todas las partes. Ante estos casos, lo más recomendable es una negociación serena en la que el resultado final sea que salgan ganando, o como mínimo no perdiendo mucho, todas las partes.