El derecho a reclamar por algo potencial y manifiestamente nocivo

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A veces, en los medios de comunicación aparecen noticias relacionadas con personas que demandan a determinadas empresas o colectivos por las enfermedades o daños que han sufrido después de descubrirse que alguno de sus productos, que algún elemento que comercializaban, es dañino (por ejemplo cancerígeno, etc.). En estos casos, y para los supuestos de los casos en los que ya se sabía a todas luces que el producto en cuestión resultaba dañino, ¿deben prosperar las demandas? Veamos.

Dos supuestos distintos para dos realidades diferenciadas

Concretamente en este artículo vamos a centrarnos en dos temas que tienen una raíz común pero que a la vez resulta que los mismos son altamente diferenciados, uno de muy conocido y otro de no tanto, pero mostrando ambos dos problemáticas diferentes relacionadas, se puede decir que, salvando las distancias, dos caras de la misma moneda.El derecho a reclamar

Específicamente en este artículo vamos a hablar de los supuestos de los fumadores que después de dejar de serlo o sin dejar de serlo, o bien los allegados de un fumador que fallece por causas imputables directamente al tabaco y demandan a la tabaquera en busca de una compensación por considerar que la culpabilidad del mal que les ha acechado es de la misma por haber comercializado productos que se saben claramente dañino. Y luego vamos a hablar del tema de colectivos como es el que por ejemplo forman los que se denominan “mercuriados”, es decir, personas que afirman tener graves secuelas físicas y psíquicas por encontrarse presuntamente restos de mercurio en su cuerpo debidos a implantes dentales efectuados por dentistas que utilizan implantes que contienen ese elemento. En este caso, nos estamos refiriendo a un caso distinto, pues las evidencias de que tales daños existan, o como mínimo que existan en la magnitud que los presuntos afectados afirman no resulta tan clara, llegado a este punto nos preguntaremos, si algún día se demuestra el nivel dañino de tales amalgamas, ¿deberá ser considerado culpable el dentista que las ha utilizado hasta entonces? Veamos.

Un hilo argumental

Obviamente, como en todo, existirán distintas opiniones al respecto, y probablemente en realidad nunca (como casi en todo) exista una verdad absoluta, pues la verdad se encontrará dentro de cada pensamiento particular que cada uno tenga, por lo que cualquier acercamiento que se realice al tema siempre podrá ser tachado de partidista, pues resulta obvio que cualquier aportación siempre tiene un punto de tomar partida por alguna de las posiciones que se tratan. Ahora bien, intentando resultar lo más imparciales posible, se pueden realizar las siguientes consideraciones:

En relación con los fumadores que enferman y/o mueren por causas imputables directamente al tabaco, reclamando luego a las compañías tabacaleras, se podría decir que a entender de quien este artículo firma no cabría reclamar nada por ello, bajo ningún supuesto y en ningún concepto, pues resulta obvio y notorio que hace muchos años que se conocen sobradamente los efectos nocivos sobre la salud de las personas y los graves y concretos daños que provoca el consumo del tabaco, por ello alegar que se desconocían tales posibles daños o que la compañía tabaquera nos vendía algo sin decirnos o advertir que era dañino resulta absolutamente ausente de credibilidad y fuera de toda razonabilidad.

Esta postura anterior no es compartida por algunos jueces que han dictado importantes sentencias condenatorias contra compañías tabaqueras, cuyas sentencias resultan desfavorables para las mismas por los daños causados. Sin duda, y reafirmando la línea anteriormente expuesta y, por supuesto, al simple entender de quien este artículo firma tal y como se indica, tales sentencias suponen un disparate en toda regla, un disparate pues si algo es dañino y no debe venderse, corresponde al legislador, a los poderes públicos, prohibir que ello se comercialice. Por ende, si la ley, si quien debe dictar que se prohíba no lo hace, no se puede pedir a un fabricante que se autocensure y que deje de hacer algo que a todas luces es legal. Se le podrá perseguir en todo caso el día que no sea legal, pero mientras lo sea no debería caber nada que decir.

Supuesto distinto pero análogo lo encontramos como se decía en los que son o han sido portadores de amalgamas con componentes de mercurio. A entender también del aquí firmante decir que resulta responsabilidad de quien pone (es decir, del dentista) la amalgama en la boca del paciente resulta cuanto menos que adecuado, pues una vez más corresponderá al legislador legislar para que las mismas estén prohibidas, así en los lugares que estén prohibidas podremos hablar de ello, pero si son perfectamente legales, es plenamente legal utilizarlas, y si un día se ilegalizan será cuando se deban dejar de poner y cuando resultará perseguible, ¡pero desde entonces, no las colocadas en años anteriores!

Además, en el tema de las denominadas amalgamas tóxicas cabe añadir aún algunos aspectos más: primero, que al contrario que en el tema del tabaco, en estas no está precisamente demostrado científicamente que las mismas causen daños en el cuerpo humano, pues si bien todo parece indicar que si que pudieran tener un grado de afectación en el cuerpo humano (y por ello han ido quedando en desuso), no resulta nada probado que dichos daños afecten perceptiblemente a las personas, pero aún y que así fuere deberíamos volver a remitirnos a lo mismo que en el resto del artículo: no es función del dentista valorar o no la toxicidad del material, él utiliza lo que está en el mercado, es función de los correspondientes poderes retirar del mercado aquello que resulte inapropiado.

Adicionalmente, unas pequeñas y generales apreciaciones más: cabría plantearse hasta qué punto no puede considerase aprovechado intentar reclamar contra alguien porque vende algo que siempre se ha vendido porque un día se demuestra que a lo largo de esos años ha sido dañino, ¡eso sucede con muchas cosas a lo largo de la historia!, así que no puede decirse que si mientras no se sabía que eso era malo se vendía, ahora que se descubre que era malo reclamar por esos años en los que se vendió.

Y, finalmente, una pequeña reflexión, que el tabaco puede matar todo el mundo lo sabe, que las amalgamas con mercurio pudieran tener un grado de afectación también es conocido. En el primero de los casos nadie pone una pistola en el pecho a nadie para fumar (también se conoce lo adictivo que es, y se asume voluntariamente, siendo especialmente sensible el tema si hablamos de la adicción en la adolescencia, una etapa en la que el ser humano es más voluble). En el segundo de los casos, en muchas ocasiones, es el mismo paciente quien solicita esa amalgama por ser más barata. ¿No sabían ambos que el tabaco y las amalgamas eran malas? ¿No es el usuario el responsable entonces? O bien, ¿si nos bebemos un vaso de lejía y luego demandamos al fabricante de la misma alegando que la misma nos ha perforado el estómago la culpa será del fabricante por fabricar lejía?