La mejor forma de preparar un buen ataque legal

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Del mismo modo que en muchas ocasiones se puede hablar y se habla de cuál es la mejor forma de afrontar un pleito, una controversia desde el punto de la defensa, es decir, desde el punto de vista de salir lo mejor parados posibles, también es justo dedicar un artículo al punto de vista de la acusación, de la fiscalía, de la parte encargada de hacer pagar al acusado el presunto daño que ha causado, la encargada de conseguir que el encausado deje de ser presunto y pase a ser culpable, que sea condenado y con el mayor castigo posible.

Una vez más, en esta situación lo expondremos desde una visión que puede parecer no muy políticamente correcta pero que tiene todo el sentido del mundo. La realidad es una, pero de verdades siempre hay cómo mínimo dos y esas son las que moldean la realidad final, pues la misma es una pero no inamovible, la misma puede ser dúctil y moldeable.

Con ello lo que se pretende decir es que, del mismo modo que el deber legal y legítimo de la defensa ha de utilizar todas las herramientas legales que estén a su alcance para conseguir la absolución o la menor pena para sus intereses, la acusación debe hacer lo mismo pero a la inversa: la acusación tiene que valerse de todas las tretas, de todas las argucias y de todos los resquicios legales posibles para lograr que la otra parte sea condenada, pues de no conseguirlo podrá ser injustamente absuelta.

Del mismo modo que se expresa para los casos de la defensa, el utilizar todas las herramientas que estén al alcance para lograr los objetivos perseguidos, no significa que nos debamos saltar la legalidad, no significa que debamos extralimitarnos en nuestras funciones y en nuestras capacidades, simplemente significa que dentro de la ley, dentro de lo que nos permita la ley debemos hacer todo lo posible por ganar el caso.

Algunos dirán que ello puede llevar a condenar a alguien injustamente o de castigarle con una pena superior a la que se merece. Una vez más estamos hablando de hacer justicia por supuesto pero, sobre todo y ante todo, visto desde los intereses en este caso de la parte acusadora en toda su extensión estamos hablando de ganar una causa, y no de ganarla en base de condenar a un inocente sino de demostrar como sea su culpabilidad.

Evidentemente, la mejor forma de ganar un caso para la acusación es que la parte de la defensa asuma su culpabilidad y no se tenga que preparar ningún ataque legal. Existen muchos casos que ante la clamorosa evidencia de culpabilidad el acusado puede optar por intentar llegar a un acuerdo con la acusación para intentar llegar a un acuerdo con el objetivo de evitar pasar por un proceso que puede tener aún peores consecuencias y, por el lado de la acusación, aunque el caso parezca ganado con toda seguridad, siempre es mejor no arriesgar, evitar largos procesos y llegar a una conformidad que evite la posibilidad de perder o de dilatar enormemente el asunto.

Obviamente, también no todos los supuestos serán aptos para este tipo de acuerdos, ni en todos los casos interesará ni se querrá o podrá llegar a ningún acuerdo. Para todos esos supuestos se tiene que tener toda la artillería a punto y saberla utilizar.

Una batalla legal, una disputa legal no es nada más que una guerra, que una partida de esgrima o mejor dicho que una partida de ajedrez donde cada movimiento de ficha del tablero está pensado para lograr un resultado concreto.

Una batalla legal persigue hacer justicia, sí, pero sobre todo debe pretender ganar tal y como se decía. Y para ganar las fichas deben saberse mover adecuadamente, la partida debe saberse jugar y debe tenerse muy presente que la otra parte también juega y que si nosotros no vamos a todas, que si nosotros no estamos dispuestos a afrontar la acusación con la mayor decisión y sin contemplaciones será la otra parte la que utilizará todas las artimañas legales, todas las posibilidades que estén en su mano para ganar. En el fondo no se trata de nada más que de uno u otro y siempre es mejor ser el vencedor que el vencido.