Los elementos que constituyen una estafa

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Tal y como se dice en muchas ocasiones no todo aquello que parece una estafa, en pureza y acogidos al tenor de la ley es una estafa. Comúnmente se suele decir que para que exista realmente estafa debe existir dolo o mala fe. Ello cierto es, en el dolo está una de las claves de la estafa, pues sin dolo no existe estafa, pero existen otros elementos que contribuyen a configurar, a modelar la estafa.

Para existir estafa debe existir dolo, sí. Pero este dolo debe de propiciar que en grado de tentativa o consumado (las calificaciones penales serías distintas pero éste sería otro tema, aunque lo destacable en cualquier caso seguiría siendo que nos encontraríamos ante un supuesto de estafa) engaño en la víctima, y que este engaño doloso haga que la víctima realice un acto de disposición patrimonial. Además se puede añadir que para terminar de configurar la estafa debe existir ánimo de lucro y causalidad.

elementos de una estafaDicho de otro modo, no cualquier acto de disposición patrimonial que genere un perjuicio (por ejemplo la entrega de dinero y luego perderla o no recuperarla por distintos motivos) producirá estafa, para que sea estafa esa disposición debe haber realizada al haber caído en un engaño de alguien con mala intención, y ese daño debe de haberse realizado con ánimo de lucrarse, o de lucrar, por parte de quien ha inducido al engaño.

En relación a la causalidad conviene realizar una particular parada en este concepto pues para que medie estafa debe existir una relación de causalidad directa, es decir, un hecho concreto (el engañar para obtener que alguien nos entregue algo patrimonial suyo) debe llevar como consecuencia un resultado (la transferencia de ese bien u objeto patrimonial), pues de no existir esa conexión directa no se podría decir que existe estafa en sí misma.

Un claro ejemplo de estafa donde se produce una nítida causalidad es en aquel supuesto que firmamos un contrato con un supuesto representante comercial y entregamos un dinero con la promesa (falsa) de que recibiremos un determinado bien (cualquier producto que se pueda comprar por ejemplo también) de una concreta calidad, y luego cuando lo recibimos algo que nada tiene que ver, por ejemplo en calidad, en lo que nos prometieron pues nos estaba ofreciendo algo que no era cierto.

Aun a colación con lo anterior decir que resulta claro que existe una causalidad clara pues un engaño en prometer lo que se recibirá induce a entregar un dinero por algo que era falso. Atención que esto debe alejarse del mero incumplimiento contractual u otras causas mercantiles u otras que pudieran existir, pues no se está hablando de que algo llegue defectuoso o mal, ni se está hablando de recibir algo un poco diferente que podría entrar dentro del terreno del juego comercial (perseguible pero de otro modo), sino que de lo que se está hablando es de utilizar mediante engaño la promesa de algo que a ciencia cierta se sabe que no existe o que no se podrá entregar pues no es tal y como se está “vendiendo”.

Pero atención con todo lo anterior, pues aun y cuando puedan existir todos los elementos que anteriormente se nombran como configuradores completos de un delito de estafa, cabe añadir que pueden existir supuestos en los que tampoco así pueda resultar punible una acción, ni en grado de tentativa. Pongamos para finalizar un ejemplo sobre ello:

Pongamos el caso en el cual (y siguiendo la línea de un producto comercial adquirido) unos vecinos amigos nuestros resultan estafados en el modo que se comentaba en líneas anteriores (firman un contrato, entregan un dinero para este y luego lo recibido se aleja completamente de lo que de forma dolosa y engañosa se les ofreció). Estos vecinos, amigos nuestros, nos advierten de que les han realizado esa práctica. Luego, al cabo de unos días, esa misma persona que estafó a nuestros vecinos pica a la puerta y con los mismos métodos y argumentos intenta estafarnos a nosotros, ¿qué sucede? ¿Es estafa? Veamos:

Más allá de lo extraño que sería que nosotros cayésemos en esa trampa estando advertidos para ello (aunque casos de haberlos los hay) cabe sentenciar que no existiría estafa. Pues si bien es cierto que existe dolo y engaño, y si bien es cierto que ese dolo y engaño ha provocado que nosotros hagamos una disposición patrimonial, no puede deducirse de ningún modo (STS 539/2000, de 27 de marzo) que ese engaño nos haya inducido a error, pues ya éramos bien conscientes, o deberíamos haberlo sido, de que nos estaban engañando, no cumpliéndose de ese modo los elementos que constituyen una estafa.