No es país para corruptos

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Llevar a cabo un análisis social sobre cualquier aspecto cotidiano resulta de gran complejidad, pero si se trata de enjuiciar la corrupción que asola nuestro país, la suma de factores apunta al infinito. Podríamos hablar de condición humana, falta de valores, desigualdad, acomodación social, poder, tráfico de influencias, egoísmo, avaricia desmesurada, dejadez… pero en lo que nos vamos a centrar es esa circunstancia que ha hecho saltar por los aires la barra libre de la corrupción española: LA CRISIS.

Sin duda las desigualdades y la división por clases unida a la precariedad de las más bajas, a lo largo de la Historia han sido los detonantes de multitud de cambios sociales.

En España hemos vivido un espejismo de bonanza que desde su nacimiento estaba condenado al batacazo. Hemos vivido en la práctica la realidad de la hipótesis que pugna por achacar a la precariedad de las masas las revueltas sociales. En otras palabras, mientras nos encontrábamos sumidos de lleno en la sociedad del bienestar, poco importaba a qué (o a quiénes…) se destinaban las ingentes cantidades de dinero público. Ahora que una gran parte de nuestra población, no solo ha perdido poder adquisitivo, sino que se encuentra por debajo del umbral de la pobreza, hemos despertado. Ha hecho falta un gran jarro de agua fría para reanimar conciencias y con nuestro despertar estamos acabando con la impunidad de los corruptos. Personajes que han campado a sus anchas, haciendo y deshaciendo y engordando cada vez más sus bolsillos a costa de las arcas públicas. España ya no es un país para corruptos.

reforma código penal contra la corrupciónEn los últimos años el número de imputados por casos de corrupción ha ido en aumento y hemos visto entrar en prisión a personalidades del mundo de la política, la farándula o empresarios. España por fin se está limpiando. El trabajo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que ha destapado multitud de redes de corrupción con ramificaciones en distintos sectores sociales y económicos, la movilización y la presión del pueblo, que ya no acepta “la callada por respuesta” y la labor inalienable y objetiva de jueces y fiscales está acabando con la extensa lacra corrupta.

A los gobernantes tampoco les ha quedado otro remedio que establecer líneas de actuación para luchar contra el problema. De este modo, con la nueva reforma del código penal, se establecen modificaciones en lo relativo a esta cuestión.

La corrupción en el nuevo código penal

La próxima semana se aprobará la reforma del Código Penal, y con ella, una serie de medidas encaminadas a blindar las arcas públicas. Una de esas medidas es la que nace de la sabiduría popular y del sentido común y que durante años ha sonado en las tertulias a pie de calle, la de evitar el acceso a la libertad condicional del imputado hasta la total devolución del dinero público sustraído. Junto a esta popular disposición, se proponen también modificaciones a diecisiete delitos a cometer tanto por la autoridad pública, los funcionarios o aquellas personas que con sus actos o palabras traten de inducirlos a cometer tal desmán.

Para cada uno de los delitos ya establecidos y que conforman el corpus principal de la corrupción (véase el cohecho, tráfico de influencias, la prevaricación o malversación de fondos, entre otros) se incrementa la duración de las penas de inhabilitación y se veta el acceso a cargos electos durante la condena y en los casos más graves la inhabilitación durante al menos 10 años. Los delitos de este tipo prescribirán ahora a los quince años. La concesión de indultos y la financiación también serán profundamente vigiladas y castigadas cuando no se ajunten a la ley.

La lucha social contra la corrupción

Y es que la Sociedad no está ya dispuesta a tolerar este abuso por parte de unos pocos o muchos representantes de los diferentes estamentos públicos y privados.

Esto explica la asombrosa aparición en primera línea de fuerzas políticas que prometen ser implacables contra los corruptos y que se encuentran, en principio, “libres de toda culpa”. Se convierten en ese alguien que no tiene nada que esconder y que puede desentrañar, desde dentro, los recovecos más oscuros de la gestión pública.